viernes, 2 de septiembre de 2011

Las maldiciones como desestresante natural o de como un “maldita sea” sirve más que la meditación zen

Hay mucho de nuestra individualidad que no es entendida por los demás, que esto sea relevante o no para nosotros ya es problema de cada quien. Uno de los problemas de dichas individualidades es cuando estas chocan con las creencias, conceptos y las mismas individualidades de otras personas, creando en algunos casos fricciones que pueden desaparecer con una corta y sincera conversación explicativa.
Todo esto lo escribo porque tengo una manía algo rara cuando el stress llega a un límite casi insostenible: me pongo a maldecir. Ya sea que lo haga en voz alta, por tweets, por mensajes de texto, por estados del Facebook, maldecir constituye para mí una especie de catarsis del stress, que me hace al menos sentirme mejor por un rato y bajar un poco la intensidad de lo que me agobia en esos momentos. Por supuesto que no todo el mundo lo ve de esa manera y hay gente que al verme así comienza a pensar que estoy molesto con el mundo (no hay mucho de mentira en eso pero no llego hasta allí), que me dará una crisis, un infarto o algo parecido. Otros se van por la onda mística o new-age y comienzan a aleccionarme acerca de las malas energías que estoy atrayendo soltando maldiciones por doquier.
Siempre que me han hecho dichas observaciones he tratado de recibirlas con respeto pero haciendo la corrección de que no es así. Particularmente me resultan más increíbles aquellas que mencionan mis maldiciones como imanes de una supuesta energía negativa. Sé por experiencia propia que las palabras pueden ser muy poderosas en el mal sentido si no se les da una lógica que haga que se entiendan y no se mal interpreten o se transgiversen, pero que no me digan a mí que maldecir va a hacer que me vaya mal en lo que estoy haciendo o que me ira mejor si dejo de hacerlo. Cuando suelto mis maldiciones lo hago para desestresarme y sin ningún otro propósito, mal estaría yo insultando a diestra y siniestra o lanzando puntas como si he visto a mucha gente hacer en esos casos. Si alguien me demuestra con hechos (y recalco la palabra hechos) y estadísticas reales que maldecir perjudica lo que hago, estaré bien contento de cambiar mi actitud y dejar de hacerlo, de lo contrario es simple y sencilla política de respetar lo que piensan los demás.
Y que nadie se asuste, al fin y al cabo mis maldiciones siempre tienen un toque de humor que en todo caso contrarrestarían las “malas vibras” que pudieran dar.
La próxima vez que me veas/leas maldiciendo, ríete conmigo un rato, cuéntame un chiste o tráeme un chocolate o unas gomitas.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

bueno...maldecir en la cara a otro...depende de a quién maldigas...porque si el otro tío es alguien de pocas pulgas te puede pegar un tiro en la cabeza...y es posible que por culpa de esa maldición: sufras de dolor de cabeza

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