domingo, 23 de octubre de 2011

Las manos atadas (reflexión solitaria 2)

Muchas veces lamentamos profundamente las acciones que realizamos, pero a veces lamentamos mucho más aquellas que por diversos motivos dejamos de realizar. Es una constante vorágine el reflexionar sobre las consecuencias de aquello que hacemos o decimos y el cómo repercute sobre la vida diaria.
La mayoría de las veces ni siquiera las mejores intenciones son evidencia clara de que no solo queremos hacer lo mejor posible en cualquier caso, sino que aquello que queremos lograr esta más allá del alcance que pudimos haber pensado en un determinado momento.
Reflexiones como esta vienen a mí en momentos cuando por culpa de malos entendidos y de acontecimientos que debieron haber sucedido de otra manera, me encuentro en una encrucijada de pensamientos acerca de lo que es mi vida en estos días.
Más allá de lo que pude hacer o decir está el hecho de que haber obrado de una forma que en ese momento me pareció correcta no solo fue crucial para que todo resultara de un modo que a mí en particular me frustra, no solo por el hecho de que el desconocimiento de los procedimientos elementales pero muy individuales de cómo reaccionar ante x caso jugaron en mi contra, sino por la resistencia a creer en mi palabra, aun con pruebas en la mano.
No es la primera vez que algo así me sucede y muy seguramente no será la última, pero al menos tenía la esperanza de que esta vez las cosas fuesen al menos algo diferentes a las ya vividas.
La vida continua, y de reflexiones como esta están hechas las mejores lecciones.

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