viernes, 30 de noviembre de 2012

Placeres sencillos o las cosas que siempre hemos tenido y que nunca valoramos en su momento...

No sé si esto que siento sea un lugar común entre la gente que llega a mi edad o si me pasa a mí solo, pero a medida que me vuelvo “menos joven” sucede en mí una especie de proceso donde las cosas más sencillas son las que terminan dándome las mayores satisfacciones y momentos de relax.
Creo que como parte esencial del crecimiento, solemos asumir que los excesos son algo que de algún modo tenemos que vivir siempre. Recuerdo que a mis veinte rumbeaba sin parar (pase de comegato-conciertero a raver-pukipukero) y siempre me repetía como un mantra que nunca iba a permitir vivir mi vida de un modo que no fuese ese.
El tiempo pasó, las prioridades también y poco a poco esos conciertos y esos raves fueron lentamente perdiendo toda prioridad hasta que de pronto simplemente dejaron de tener alguna. De repente y sin ninguna razón específica me vi disfrutando de quedarme en casa los viernes y sábados en la noche, cuando anteriormente me quejaba cual niñato porque alguno de esos días quedaba varado sin nada que hacer o donde ir.
Hoy en día mas bien es raro cuando salgo y cuando lo hago siempre lo trato de disfrutar con mi mente priorizando que luego de la velada estaré tranquilo en mi casa, tal vez oyendo música tranquila y disfrutando de alguna bebida que no necesariamente tenga que ser alcohólica, pero muy tranquilo y muy sereno, suspirando por relajarme y estar tranquilo, algo que en estos días no sucede tan a menudo como quisiera y que hoy en día valoro cada vez más y más.

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